La noche en que dormí en el Sahara

“Cada vez que me siento triste, me agarro de ese momento en el que vi el amanecer en el Sahara y me siento mucho mejor”, me dijo mi amiga Ale y vaya que tenía razón.

A veces, cuando las cosas han ido mal o cuando cargo mucho estrés en mi vida, desearía irme a un lugar lejano y no saber nada de nada ni de nadie. Afortunadamente, en esa ocasión llegué al desierto, o quizá el desierto llegó a mí.

Allí estaba el Sahara, sin electricidad, alumbrado solamente por la luz de la luna llena;  sin wifi, sin la exigencia de tener que vestir bien o de tener que comportarme de alguna manera. Sólo me demandaba ser yo, dejarme llevar y fluir con la energía inexplicable que emanaba de su arena resbaladiza, de sus altas dunas, de la paz interior de su gente, los bereberes.

Mi camello, grande, hermoso, fuerte y blanco, era el líder de la manada, tal vez por eso se llamaba Brad Pitt. Durante el recorrido, le pregunté a Said, nuestro guía, cómo hacía para no perderse. Esperaba una respuesta compleja, algo como “marcamos un camino en la arena”, pero no,  la respuesta fue simple: “me guío por las estrellas”.

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Después de poco más de media hora, llegamos al campamento, en donde hallaríamos una mezcla de culturas. Latinoamericanos, europeos y africanos compartiendo un mágico momento. Fuimos recibidos por los bereberes con una tradicional cena marroquí. El menú consistió en sopa bereber (hecha de trigo, especias, agua y papas), tajín de pollo (un plato tradicional de los países del norte de África) y té del desierto.

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Tras la comilona, nos dirigimos a la fogata. Nuestros anfitriones comenzaron a tocar los tambores y a cantar y todos, contagiados de una singular alegría, nos unimos bailando y aplaudiendo, tratando de imitar los cánticos. Fue una velada inolvidable, estábamos en África, en Marruecos, en el desierto más cálido del mundo; en el Sahara.

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De pronto, él apareció a mi lado y, casi de inmediato, me pareció que si existe una representación humana de la obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry se llama Hamid y es un chico bereber de tez morena, cabello rizado, estatura baja, sonrisa singular, corazón enorme y gran sabiduría. Su paz, su felicidad y sus palabras me dejaron marcada.

Allí estaba El Principito, alegre como un niño, contagiando su paz interior, capaz de animar a cualquiera. De él aprendí que “no hay que preocuparse de lo que pasó ni de lo que pasará, porque hay que vivir el presente” y lo hice. Su sola presencia me cambió la vida. Durante todo ese día olvidé todo aquello que me abrumaba y que me ponía triste. Me sequé las lágrimas y sonreí, viví el desierto, aprendí a ver la vida de manera más simple. Él era feliz en toda su sencillez.

La mejor parte fue cuando a mi querida compañera de aventura no solo se le ocurrió no dormir esa noche para poder ver el amanecer, sino que tuvo la brillante idea de subir una duna de ¿100 metros? no lo sé. Lo único que sé es que Berenice, Said, Hamid y yo, nos encontrábamos en medio de Erg Chebbi, subiendo a la cima de la duna que parecía interminable.

El aliento me faltaba y mis piernas temblaban, encajadas en la arena. Si no se me da eso de subir escaleras, mucho menos subir una duna. Tras aproximadamente, una hora, llegamos a la cima del cielo. El aire helado congelaba nuestras mejillas, pero allí estaba la luna ¡tan redonda y tan cerca! y  las estrellas… y las nubes y un paisaje tan desértico, que te hacía entender que en la vida no se necesita de tantas complicaciones para sentirte lleno.

El silencio, inexplicable, lograba que los cuatro nos sintiéramos más unidos sin decir una sola palabra. Pronto nos cubrimos con una cobija y nos abrazamos para soportar el frío. A pesar de no sentir las piernas, caí dormida, no pensábamos recorrer otra hora más para unirnos a los demás y dormir en el campamento y queríamos vivir una noche mágica. A media madrugada desperté y el clima era más cálido, el viento había cesado.

Despertamos los cuatro antes del amanecer. El sol del Sahara,  coqueto, consiguió que no despegáramos de él la mirada. Mi amiga Ale tenía razón. Es mágico. Ahora, en mi desastre, ahora que es complicado, ahora que fluye la tristeza de cerrar ciclos, me acuerdo de Merzouga, de la mejor noche de mi vida; me acuerdo de Said, de Bere, de El Principito y me lleno de fuerzas y de una sonrisa.

Pau Ocáriz

Dedicado a todos mis amigos del desierto, en especial a Berenice Lozano, Said y Hamid. Y un agradecimiento enorme a Next Stop: Fun & Travel y Al Desierto con Omar por esta maravillosa experiencia.

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