Eternamente, Roma

La primera impresión que tuve al llegar a Roma fue que estaba en la ciudad de México. Si hay algo por lo que los italianos no se distinguen es por el orden, incluso me atrevería a asegurar que son más desordenados que lo que solemos ser los mismos mexicanos.

A pesar de ese pequeño detalle, al adentrarte más a la ciudad es inevitable pensar que Roma es irreal, romántica, mágica, hermosa y que tiene bien merecido el nombre de “la ciudad eterna”. Andando por sus calles, pareciera que es un museo interminable. Cuando piensas que lo has visto todo, de pronto aparece un monumento, una escultura, un callejón, una persona pintando en su estudio u otra haciendo artículos de piel, un pequeño local donde venden deliciosas pizzas y cómo no, hasta un guapo italiano que te saluda diciéndote “ciao bella”.

Para vivirla y sentir cómo retrocedía el tiempo en cada paso que daba, me propuse repasar un poco de la historia romana, que siempre me ha gustado tanto. Fue así como imaginé a la gente andar por las calles, a los gladiadores luchando con feroces bestias, sentí terror por las crueldades de Calígula y me maravillé con los dioses romanos. A veces era difícil creer que caminaba por el Palatino y el Foro Romano;  que admiraba las majestuosas fuentes, los Museos Vaticanos, la Capilla Sixtina y la Basílica de San Pedro; que veía el hermoso atardecer a la orilla del río Tíber y que andaba por la Plaza de la República o por la Plaza España.

Sin embargo, mi mejor momento, ese que esperé desde que tuve noción de este gran imperio, fue cuando tuve frente a mí el imponente Coliseo. Allí me sentí frágil y fuerte al mismo tiempo por todo lo que esta magnífica construcción significa. Allí también me di cuenta que muchas veces creemos que las cosas tan grandiosas no existen y sí, allí están.

romalisto

Quedaron pendientes la Ópera, la Fontana de Trevi (qué se les ocurrió restaurar justo cuando yo fui),  más comida, más recorridos a pie y más lugares por descubrir, pero a pesar de lo que faltó, Roma me enamoró y llegó a mi vida, o mejor dicho, yo llegué a ella en un momento en el que había miles de telarañas en mi cabeza, pues el cierre de un ciclo muy importante, se acercaba. Sin embargo, un viaje siempre ayuda a apaciguar el alma, a ordenar ideas y a ponerle anestesia al corazón, sobre todo si es el viaje que tanto has soñado y mucho más si es “la ciudad eterna”.

A continuación, enamórense de ella:

 

Pau Ocáriz

 

 

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