10 mejores momentos en Dublín

En repetidas ocasiones la gente me pregunta qué tiene de especial Dublín para haberla elegido a como mi hogar durante un año, siete meses y yo les respondo que solo estando allí te podrás dar cuenta de la razón por la cual es tan mágica.

Gente cálida, buen ambiente, buena vibra, seguridad, fiesta todos los días, libertad, ambiente internacional son algunas de las razones que hacen de Dublín una ciudad especial con la que te encariñarás por el resto de tu vida. Así que para que se den aún más una idea de lo increíble que es conocerla, les cuento mis mejores momentos durante el tiempo que permanecí allí para que se atrevan a conocerla.

10-Partido de Rugby

El Torneo Anual de Rugby de las Seis Naciones es como el equivalente a La Copa América. Los ciudadanos de Inglaterra, Francia, Irlanda, Italia, Escocia y Wales enloquecen en esa temporada y los pubs están llenos de gente viendo los partidos. Aunque cuando se trata del campeonato nacional, los irlandeses también se emocionan demasiado. Yo no me quedé con las ganas y fui a dos partidos de rugby. Claro está que tuve que leer bastante antes del día del evento para poder entender las reglas de este deporte que son algo complejas, pero la experiencia es increíble (y os jugadores guapos y fuertes).

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9-Dicey´s Garden

En Dublín nunca termina la fiesta y por eso, los martes y/o domingos en Dicey´s Garden son los días perfectos para encontrarse con amigos y ahorrarse varios euros, pues todas las cervezas están a mitad de precio. El lugar cuenta con 4 pisos en los que puedes ir a echarte una buena plática o ir a bailar. En verano es increíble, porque entras de día (a las 9 pm aún está clarísimo) y sales de día (a las 4 am ya está amaneciendo).

8-Grafton Street

La calle de las bandas, de los músicos, de los artistas, de las estatuas vivientes y de quien tiene un talento especial. La calle favorita de muchos dublineses y visitantes, la calle que te hace sentir que es increíble vivir en esa ciudad, se llama Grafton Street y lo mejor del caso es que estaba muy cerca de mi casa. Pasar por allí diario era todo un placer, sobre todo si estaba tu banda favorita, en el caso de muchas, Keywest.

7-La Calzada de los Gigantes

No se encuentra en Dublín, pero sí aproximadamente a cuatro horas. Visitar Belfast y tener el privilegio de ver los clásicos paisajes verdes llenos de vida es de las mejores cosas que uno disfruta en Irlanda. Mi experiencia por la Calzada de los Gigantes y el Puente Colgante fue increíble. Las grandes rocas que te hacen sentir diminuta, el verde del pasto, el azul del agua, las flores, los borregos, son cosas inolvidables para quienes amamos la naturaleza.

6-Oktoberfest

Si no puedes asistir al festival de la cerveza en Munich, Alemania, puedes disfrutar de su extensión en Dublín. Si bien, no se compara con el original en magnitud, sí te das una ligera idea de cómo es y pasas un agradable momento tomando cerveza alemana, siendo atendido por las meseras  con el típico traje alemán, disfrutas de la gastronomía del país germánico y escuchas una banda en vivo que interpreta polkas, rock & roll y música comercial y hasta terminas bailando La Macarena.

5-Halloween

Para quienes no lo saben, Halloween tiene sus orígenes de la festividad céltica considerada como Año Nuevo Celta y llamada “Samhain”. Caminar por las calles de Temple Bar en la noche del 31 de octubre (y por todo Dublín) es sentirte en un desfile de disfraces. Chicos y grandes se han preparado con semanas de anticipación  para llevar el disfraz más original, desde una Barbie metida en su caja, hasta el ser más monstruoso que se pueda imaginar. Las fiestas en pubs, casas y antros comienzan días antes de la celebración original y se extienden hasta dos días después. Dublín se convierte un lugar en donde habitan seres mágicos por la noche.

Aquí en México, muchos católicos critican a quienes se disfrazan y/o celebran Halloween. En Dublín, La Catedral de San Patricio y la Catedral de Nuestro Señor Jesucristo, se pintan de morado para conmemorar esta fecha.

4-Sant Patrick´s Day

O como le llaman los irlandeses “Sant Paddy´s”. Aunque el objetivo primordial implícito de esta fiesta nacional  es disfrazarse con elementos verdes y alcoholizarse desde mediodía hasta la madrugada, el desfile es increíble y el ambiente internacional, de lo mejor. Es una de esas fiestas que ninguna persona joven, que ama la fiesta, se debe perder.

3-Día de la independencia de México

Escuchar el Himno Nacional o Cielito Lindo en el extranjero cuando llevas meses o años lejos de tu tierra, provoca que, en muchas ocasiones, la melancolía se adueñe de ti, se te haga un nudo en la garganta  y se te escapen algunas lágrimas. Y si vas a la ceremonia del Día de la Independencia organizada por tu Embajada, en donde ves bailes típicos, escuchas mariachi, te encuentras con cientos de paisanos y el sentimiento nacionalista lo traes al doble, la fiesta mexicana puede convertirse en una de las mejores de tu vida.

2-Visita a cualquier pub de la ciudad

Ya sea The Bernard Shaw, Porter House, The Quays, The Oliver St. John Gogarty,  Temple Bar Pub, No Name Bar, The Hairy Lemon, The Church, The Grand Social y cientos más, visitar un pub en esta ciudad y tomartes unas buenas pintas de cerveza, no tiene precio. La música en vivo, el ambiente irlandés y la buena vibra hará que los ames y no vuelvas a ver los bares con los mismos ojos.

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1-Partido de futbol México-Brasil

Uno de mis sueños era asistir al  Mundial de Futbol  Brasil 2014, sin embargo, mis posibilidades económicas no me lo permitieron. Pero eso no fue impedimento para sentirme como en el país carioca. Con miles de brasileños que habitan en Dublín, se imaginarán que era como sentirse en una extensión de la Copa del Mundo, pues los pubs estaban llenos de brasileños.  El día del partido México-Brasil, ese en el que Memo Ochoa paró la mayoría de los goles. Fui con varios amigos mexicanos al Living Room, un pub especial para ver juegos deportivos. Estábamos rodeados de cientos, o quizá miles de cariocas, pero como es de saberse, el ambiente mexicano es único a pesar de que el brasileño no se queda atrás. Les dejo un video nada más para que se den una idea.

Pau Ocáriz

Sin cambios no hay mariposa. Nueve meses después de Dublín III

 “Es justo durante nuestros momentos más oscuros que debemos concentrarnos en ver la luz”.

Buda.

15 de septiembre del 2015

Es martes, me levanto a las cinco y veinte de la mañana para entrenar a las seis. La gente suele decir que estoy loca por hacer ejercicio tan temprano. Opto por responder que es más sencillo hacerlo a esa hora. Sin embargo, la verdadera razón por la que lo hago es precisamente porque lo odio (vaya, quizá sí estoy loca). Me he pasado una vida entera diciendo que lo peor que podría sucederme es  tener que levantarme a las cinco de la mañana todos los días, pero ¿de qué manera puedo demostrarme a mí misma que puedo con todo lo que me propongo?

Al poner un pie fuera de la cama me siento satisfecha, pues el primer reto del día está cumplido. Preparo mis cosas y me voy caminando al “Box”. Comienza la rutina, sudo, me quejo, me tiembla el cuerpo y después de un inmenso desafío físico y mental termino y me siento fuerte. Pienso que el ejercicio, junto con la meditación, mi programa de radio, la creación de mi empresa, el calor de la familia, el apoyo de amigos, la lectura y mi más reciente viaje, han influenciado la toma de decisiones importantes en los últimos meses.


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Son las cuatro. Me preparo para mi programa de radio que comienza dos horas más tarde y sonrío porque el día de hoy, que cumplo nueve meses de haber vuelto a México,  tendré dos grandes invitados y eso me pone aún más feliz. Pasan los minutos y siento alegría y nostalgia a la vez. Hace dos años que no festejaba un Día de la Independencia en mi país, pero echo de menos las celebraciones en Dublín, que eran increíbles.  Aunque eso de comer pozole me hace olvidarlas por un momento. Luego, vuelvo a ese tema que me estuvo rondando la cabeza semanas pasadas y me tenía en gran angustia. Me digo a mí misma:

“Estoy donde quiero estar y elegí permanecer en México. Hoy, quince de septiembre, perdí voluntariamente mi  vuelo de regreso a Dublín y soy feliz”.

Miro hacia atrás y ya no me duele. Pasan por mi mente aquellos días en Dublín con nostálgica alegría. Ya no siento ganas de llorar, ya no hay tristeza, ni enojo, ni dolor. Recuerdo con ternura esos tiempos en los que había ruinas y no sabía ni por dónde empezar. Ahora veo lo que he construido con fortaleza. Estoy agradecida con la vida, por los buenos y malos momentos que me han traído hasta aquí. Me río un poco y me siento afortunada de ser esa loca chica con mil aventuras vividas y otras mil que le faltan por vivir. El aprendizaje se queda en mi corazón y la ilusión vuelve: una empresa exitosa, un automóvil nuevo, un lugar en el cual vivir sola, más viajes alrededor del mundo y que algún día el amor llegue otra vez.

Emocionada, pienso que quiero ser la mejor versión de mí misma y trabajo en ello día con día. No es fácil, mucho menos cuando hay que lidiar con tantas sacudidas. Pero puedo con eso y más. Me lo he demostrado. He logrado superar retos difíciles a lo largo de mi vida.

No me queda más que volver a agradecer esas sacudidas que me han servido para despertar, que me han servido para cambiar. Porque hay que recordar que las sacudidas son cambios y sin cambios… no hay mariposa.

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Pau Ocáriz

Sin cambios no hay mariposa. Después de Dublín II

“Las ruinas son un regalo. Las ruinas son el camino a la transformación.”

Elizabeth Gilbert.

Enero 2015

Llegué a México hace poco más de un mes y aquí voy, tratando de embonar las piezas, de cambiar las que ya no encajan y de poner algunas nuevas en el rompecabezas. Entre la que era yo antes de dejar mi país, la que me volví compartiendo mi vida contigo y la que soy ahora. He dejado algunos sueños suspendidos hasta nuevo aviso. Es decir, hasta que el corazón se sienta fuerte de nuevo. Pareciera como si estuviera sola frente a una ciudad en ruinas sin la más remota idea de cómo empezar a construirla de nuevo.

Me ha dado gusto reencontrarme con los míos en plena época navideña. Hacía dos años que no lo hacía y vaya que lo extrañaba. Nada se compara con la Navidad mexicana. Las posadas, las piñatas, los intercambios de regalos y la cena con la familia son cosas que echaba mucho de menos, como ahora pasa contigo.

Te extraño, es difícil dormir sin ti abrazándome y sin despegarte de mí toda la noche, sin el beso antes de cerrar los ojos, sin nuestra rutina de darnos las gracias el uno al otro antes de dormir. El insomnio se ha vuelto mi compañero. Ya no está tu sonrisa al ver que te he preparado el café por la mañana, ni cómo disfrutas la cena al llegar de tus clases, ya no hay con quién bailar en la cocina ni jugar a corretearnos por toda la casa.

Hace no mucho, una amiga me dijo que me permitiera ser vulnerable y todo sería más fácil. Le hice caso y el otro día sentí que se me salían los ojos de tanto llorar, parece que el mundo no entiende lo difícil que esto ha sido para mí o quizá yo no sé explicarlo. Y es que aún no asimilo todo lo que pasó, lo que vi, lo que sentí, lo que hoy soy. Si yo siento que me muero de dolor ¡no me imagino qué sentirán los que se divorcian después de varios años de estar juntos y con hijos!

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Aún dudo si la decisión de regresar a México fue la mejor. No era mi plan, tuve que decidir mi vida en una semana. Pero dentro de mi tristeza hay algo que me mantiene: “si viví del otro lado del mundo durante un año, siete meses; si trabajé de mesera, niñera, recepcionista, agente de marketing, guía de turistas, traductora, locutora y profesora de español; si me relacioné con personas de todo el mundo entero hablando otro idioma, me queda claro que cualquier cosa que me proponga es posible y aunque, por el momento, todo parezca gris, sé que mi vida va a cambiar increíblemente”.

Pau Ocáriz

Marrakech, una joya de Marruecos

Fueron tan solo dos días. Fueron pocos, pero los suficientes para quedarse de por vida grabados en mi mente. Enigmática, mística, ruidosa, así es Marrakech, una de las 4 ciudades imperiales de Marruecos. Eran las cinco de la tarde del último día de viaje por el país africano y después de haber sufrido un pequeño choque automovilístico, solo teníamos dos horas para disfrutar lo que nos había hecho falta de La Ciudad Roja. Mientras pensábamos cómo aprovecharíamos el tiempo, comenzaba a atardecer y, en ese momento,  mis ojos vieron un cielo que estoy segura que jamás volverán a ver en otro lugar del mundo: tonalidades rosas que combinaban con las construcciones de adobe, en medio del olor a incienso, del ruido de los comerciantes y de la música árabe de un Festival de Cine que se estaba llevando a cabo en Djemaa el Fna, la plaza principal de la ciudad, en donde encuentras vendedores de dulces, de aceite de argán, de artesanías, bailarines, changuitos, serpientes (sí, de esas que bailan), músicos, entre otros.Por fortuna, el día que llegamos Marruecos, pudimos disfrutar Marrakech de noche. Era la misma plaza, pero tenía instalado un mercado lleno de puestos de comida típica y deliciosa.

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Sin embargo, por la tarde, lo interesante es recorrer el zoco (mercado) de Marruecos, pues para los fanáticos de las compras, es maravilloso todo lo que se puede encontrar allí, además de que si se domina el arte del regateo, se pueden comprar varias cosas a un excelente precio. Algo hay en el ambiente de Marrakech y, específicamente en cada rincón de Marruecos que provoca que te pierdas, que olvides asuntos pendientes, preocupaciones y que te transmite una  vibra muy positiva a pesar de que la cultura y la religión son muy distintas a Occidente. Podría contar con letras muchísimas más cosas sobre esta ciudad y sobre los puntos más increíbles que conocí de Marruecos, pero prefiero que miren las fotos e imaginen esa magia de la que tanto les hablo.

De nuevo agradezco a Hamid del Desierto, Omar Anaam y a Said Anaam por tanta magia y tanta paz compartida.

Pau Ocáriz

Eternamente, Roma

La primera impresión que tuve al llegar a Roma fue que estaba en la ciudad de México. Si hay algo por lo que los italianos no se distinguen es por el orden, incluso me atrevería a asegurar que son más desordenados que lo que solemos ser los mismos mexicanos.

A pesar de ese pequeño detalle, al adentrarte más a la ciudad es inevitable pensar que Roma es irreal, romántica, mágica, hermosa y que tiene bien merecido el nombre de “la ciudad eterna”. Andando por sus calles, pareciera que es un museo interminable. Cuando piensas que lo has visto todo, de pronto aparece un monumento, una escultura, un callejón, una persona pintando en su estudio u otra haciendo artículos de piel, un pequeño local donde venden deliciosas pizzas y cómo no, hasta un guapo italiano que te saluda diciéndote “ciao bella”.

Para vivirla y sentir cómo retrocedía el tiempo en cada paso que daba, me propuse repasar un poco de la historia romana, que siempre me ha gustado tanto. Fue así como imaginé a la gente andar por las calles, a los gladiadores luchando con feroces bestias, sentí terror por las crueldades de Calígula y me maravillé con los dioses romanos. A veces era difícil creer que caminaba por el Palatino y el Foro Romano;  que admiraba las majestuosas fuentes, los Museos Vaticanos, la Capilla Sixtina y la Basílica de San Pedro; que veía el hermoso atardecer a la orilla del río Tíber y que andaba por la Plaza de la República o por la Plaza España.

Sin embargo, mi mejor momento, ese que esperé desde que tuve noción de este gran imperio, fue cuando tuve frente a mí el imponente Coliseo. Allí me sentí frágil y fuerte al mismo tiempo por todo lo que esta magnífica construcción significa. Allí también me di cuenta que muchas veces creemos que las cosas tan grandiosas no existen y sí, allí están.

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Quedaron pendientes la Ópera, la Fontana de Trevi (qué se les ocurrió restaurar justo cuando yo fui),  más comida, más recorridos a pie y más lugares por descubrir, pero a pesar de lo que faltó, Roma me enamoró y llegó a mi vida, o mejor dicho, yo llegué a ella en un momento en el que había miles de telarañas en mi cabeza, pues el cierre de un ciclo muy importante, se acercaba. Sin embargo, un viaje siempre ayuda a apaciguar el alma, a ordenar ideas y a ponerle anestesia al corazón, sobre todo si es el viaje que tanto has soñado y mucho más si es “la ciudad eterna”.

A continuación, enamórense de ella:

 

Pau Ocáriz

 

 

El encanto de Ait Ben Haddou

Llevábamos un día entero en carretera y aún faltaban varias horas para llegar al punto más esperado de nuestro viaje: el desierto del Sahara, pero nos sorprendió la noche y tuvimos que dormir en un hotel pequeño cerca de Ait Ben Haddou, una kasbah o ksar (ciudad fortificada) localizada en la provincia de Uarzazate, Marruecos.

Las estrellas eran brillantes, como pocas veces se pueden apreciar, ya que lo mágico de Marruecos es que aún conserva esa sencillez que permite apreciar los pequeños detalles y lo asombroso de la naturaleza.

A la mañana siguiente nos dijeron que nos preparáramos para visitar la antigua ciudad de la cual, para ser honesta, lo único que sabía era que había sido nombrada en 1987 Patrimonio de la Humanidad, lo que ya era un gran punto a su favor.

Caminamos menos de diez minutos y comencé a sentir como si hubiera retrocedido en el tiempo, pues nunca en mi vida había estado en un lugar similar: allí estaba la espectacular kasbah construida de barro y piedras, intacta, con ese característico color rojizo marroquí contrastante con el río Ounila y el Alto Atlas, lo que da una vista espectacular. Es un placer para los sentidos estar allí, observar cada rincón y sentir su encanto. No por nada, películas como Gladiador, Alejandro Magno, Babel y La Momia y series como Juego de tronos la han elegido como locación.

Aunque ya son muy pocas las familias que habitan en Ait Ben Haddou, pues la mayoría se han mudado del otro lado del río, se pueden encontrar vendedores de pinturas y artesanías. Esta ciudad fortificada que albergó a un pueblo entero es una visita obligada para los turistas que recorren el maravilloso país norteafricano, y como quiero llevarlos allí, les dejo algunas fotos, para compartirles un poco de la emoción que yo sentí.

Pau Ocáriz

La noche en que dormí en el Sahara

“Cada vez que me siento triste, me agarro de ese momento en el que vi el amanecer en el Sahara y me siento mucho mejor”, me dijo mi amiga Ale y vaya que tenía razón.

A veces, cuando las cosas han ido mal o cuando cargo mucho estrés en mi vida, desearía irme a un lugar lejano y no saber nada de nada ni de nadie. Afortunadamente, en esa ocasión llegué al desierto, o quizá el desierto llegó a mí.

Allí estaba el Sahara, sin electricidad, alumbrado solamente por la luz de la luna llena;  sin wifi, sin la exigencia de tener que vestir bien o de tener que comportarme de alguna manera. Sólo me demandaba ser yo, dejarme llevar y fluir con la energía inexplicable que emanaba de su arena resbaladiza, de sus altas dunas, de la paz interior de su gente, los bereberes.

Mi camello, grande, hermoso, fuerte y blanco, era el líder de la manada, tal vez por eso se llamaba Brad Pitt. Durante el recorrido, le pregunté a Said, nuestro guía, cómo hacía para no perderse. Esperaba una respuesta compleja, algo como “marcamos un camino en la arena”, pero no,  la respuesta fue simple: “me guío por las estrellas”.

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Después de poco más de media hora, llegamos al campamento, en donde hallaríamos una mezcla de culturas. Latinoamericanos, europeos y africanos compartiendo un mágico momento. Fuimos recibidos por los bereberes con una tradicional cena marroquí. El menú consistió en sopa bereber (hecha de trigo, especias, agua y papas), tajín de pollo (un plato tradicional de los países del norte de África) y té del desierto.

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Tras la comilona, nos dirigimos a la fogata. Nuestros anfitriones comenzaron a tocar los tambores y a cantar y todos, contagiados de una singular alegría, nos unimos bailando y aplaudiendo, tratando de imitar los cánticos. Fue una velada inolvidable, estábamos en África, en Marruecos, en el desierto más cálido del mundo; en el Sahara.

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De pronto, él apareció a mi lado y, casi de inmediato, me pareció que si existe una representación humana de la obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry se llama Hamid y es un chico bereber de tez morena, cabello rizado, estatura baja, sonrisa singular, corazón enorme y gran sabiduría. Su paz, su felicidad y sus palabras me dejaron marcada.

Allí estaba El Principito, alegre como un niño, contagiando su paz interior, capaz de animar a cualquiera. De él aprendí que “no hay que preocuparse de lo que pasó ni de lo que pasará, porque hay que vivir el presente” y lo hice. Su sola presencia me cambió la vida. Durante todo ese día olvidé todo aquello que me abrumaba y que me ponía triste. Me sequé las lágrimas y sonreí, viví el desierto, aprendí a ver la vida de manera más simple. Él era feliz en toda su sencillez.

La mejor parte fue cuando a mi querida compañera de aventura no solo se le ocurrió no dormir esa noche para poder ver el amanecer, sino que tuvo la brillante idea de subir una duna de ¿100 metros? no lo sé. Lo único que sé es que Berenice, Said, Hamid y yo, nos encontrábamos en medio de Erg Chebbi, subiendo a la cima de la duna que parecía interminable.

El aliento me faltaba y mis piernas temblaban, encajadas en la arena. Si no se me da eso de subir escaleras, mucho menos subir una duna. Tras aproximadamente, una hora, llegamos a la cima del cielo. El aire helado congelaba nuestras mejillas, pero allí estaba la luna ¡tan redonda y tan cerca! y  las estrellas… y las nubes y un paisaje tan desértico, que te hacía entender que en la vida no se necesita de tantas complicaciones para sentirte lleno.

El silencio, inexplicable, lograba que los cuatro nos sintiéramos más unidos sin decir una sola palabra. Pronto nos cubrimos con una cobija y nos abrazamos para soportar el frío. A pesar de no sentir las piernas, caí dormida, no pensábamos recorrer otra hora más para unirnos a los demás y dormir en el campamento y queríamos vivir una noche mágica. A media madrugada desperté y el clima era más cálido, el viento había cesado.

Despertamos los cuatro antes del amanecer. El sol del Sahara,  coqueto, consiguió que no despegáramos de él la mirada. Mi amiga Ale tenía razón. Es mágico. Ahora, en mi desastre, ahora que es complicado, ahora que fluye la tristeza de cerrar ciclos, me acuerdo de Merzouga, de la mejor noche de mi vida; me acuerdo de Said, de Bere, de El Principito y me lleno de fuerzas y de una sonrisa.

Pau Ocáriz

Dedicado a todos mis amigos del desierto, en especial a Berenice Lozano, Said y Hamid. Y un agradecimiento enorme a Next Stop: Fun & Travel y Al Desierto con Omar por esta maravillosa experiencia.